viernes, 8 de junio de 2012

Adiós, Manolo




Me faltan las palabras.

Las retiene un pequeño vacío.

Hay gente que importa. Los familiares, los amigos, los que uno admira y desea conocer.
No supe de él durante largo tiempo, pero, para mí, él era de esos últimos.
Gente que da ejemplo de esfuerzo, de humanidad, de perseverancia.
No era perfecto. No era infalible. No hacía grandes discursos.
No hacía falta.
Cada vez que era derribado, se volvía a levantar para caminar de nuevo.

Hasta ayer, todavía me quedaba la pequeña esperanza de que los caprichos del destino me permitieran conocerle en persona y estrechar su mano.

Hoy ya no podrá ser. El hueco que deja en el interior esa esperanza que se desvaneció, me comprime, nos comprime, el pecho, la garganta, se nos traga las palabras.

Pero ese hueco no es de tristeza.

Cuando alguien que importa se va, el espacio que deja, está ahí porque un día su ejemplo o su cariño nos conmovieron y cambiaron la forma de nuestro ser. Está ahí porque nos esculpieron el alma y nos hicieron mejor que como éramos antes.

Pero no es tristeza lo que sentimos. El corazón habla con lágrimas, porque es mudo y no conoce palabras. Y por eso, a veces, no lo sabemos leer. Pero, lo que dice, es gracias.


Ayer, su nombre era la esperanza para un equipo que necesita ascender, y nos alegrábamos por él.
No pudo ser. Éste, el último ascenso, lo hizo solo.

Todo lo solo que puede estar un hombre con miles de amigos y compañeros.

Hoy, con lágrimas, en silencio, tomamos ejemplo. Y nos levantamos de nuevo para seguir caminando.

Me faltan las palabras, pero tres bastan.

Gracias por todo.