martes, 20 de noviembre de 2012

Pagando por palabra


Buenas:
esto me contesto una periodista cuando le hable de antimarca para que dejara un comentario de que le parece
Ana — 14:07
“he mirado la página, ni me indetifico con el rollo ni voy a esc ribir gratis”
Bull — 14:18
has trabajado alguna vez con ellos? por eso ?
Ana — 14:18
“no es por eso. Simplemente no me interesa la pagina, sensacionalista que habeis creado ni voy a currar gratis”
* Bull = Haleem
——-
Pues lo he estado pensando largo y tendido.
Y creo que lo entiendo: todos tenemos que ganarnos la vida con algo. Para algunos el trabajo, su trabajo de escribir, es algo ingrato. No siempre, el que escribe, puede escoger qué se escribe ni quien acaba siendo el dueño.
Muchos escriben para otros palabras de las que no pueden reconocer la autoría. Sus nombres no son conocidos, pero son los trabajadores sobre cuya obra se apoyan los otros, los de los que nos indignan día si, día también.
Son los becarios, los ayudantes, los colaboradores, los que, como mucho, aparecen como “con agradecimiento a” en al fondo de la hoja donde se lee el título de un libro.
Cada palabra que escriben es un poco de pan más en la mesa de su casa, un hilo de la ropa de los hijos, la luz de la casa de la madre. Tienen que vivir de eso. Ellos, y los que les importan, viven de sus palabras.
No es nuestro caso.
Escribimos aquí y allí por el simple placer de escribir, de examinar las historias que nos cuentan y las que no nos cuentan, desmontarlas en piezas y a veces crear cosas nuevas y extrañas con ellas para disfrutar enseñando, aprendiendo, a veces riendo… a veces no.
Porque somos libres para hacerlo. Ellos no.
No les pidamos que nos regalen lo que para ellos es el sudor de su frente. No les pidamos que hagan peligrar su pan: no son libres de dar su opinión, porque afecta a la imagen de quien les paga.
Nosotros podemos hablar y callar. Ellos llevan tiempo viviendo así. Al final, uno se acaba convenciendo de que la causa del amo es la propia. Es necesario para poder mirarse al espejo, y al cabo de un tiempo, se hace automático, y al final, inconsciente. Y se deja de elegir.
Cuando no hay elección, se hace fácil defender a quien te mantiene. Así que tampoco puedo culparles por vernos mal y llamarnos sensacionalistas, y otras cosas que consideren peores.
Si lo hacemos lo suficientemente bien, reducimos su valor de mercado por el simple hecho de regalar nuestras palabras al público, por muy pequeño que este sea.
No les pidamos que vengan a nuestro lado. Les hacemos daño por el mero hecho de existir y crear.
Respetemos que hagan lo que tienen que hacer para comer, aunque no nos guste el resultado. No dejemos de decir lo que nos parece que hacen mal, si nos lo parece.
Al menos, la libertad de no escucharnos no se la han quitado todavía.

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